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Autor: Ismael Gil
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PSICOPATAS ADOLESCENTES: ¿carácter y/o destino?

El 13 de enero del 2001 entró en vigor en España la cuestionada y criticada Ley de Responsabilidad Penal del Menor. Una ley novedosa que sustituye las penas represivas por una amplia gama de medidas de reinserción y que afecta a los jóvenes menores de 18 años y mayores de 14. El espíritu de esta ley parece loable, aunque a juicio de una gran mayoría, excesivamente suave en sus penas (ascendente Libra), y benevolente (Venus, regente del ascencente, en Piscis). Los impulsores de esta nueva ley parece que han apostado claramente por el arquetipo Libra, persiguiendo un equilibrio entre el sistema sancionador y el sistema educativo para los adolescentes y buscando, más que una medida coyuntural, las raíces (Sol/4) del creciente aumento de conductas delictivas de los jovenes y su control punitivo (Sol trígono Saturno/8).


Pero la gran novedad de esta ley reside en que el Ministerio Público (el pueblo/Luna) pasará a ocupar el papel de instructor, algo que hasta ahora era una prerrogativa del juez, quedando así la Fiscalía en un ambiguo papel que ya por algunos expertos juristas ha sido tildado, más que de Ministerio Público, de "Misterio Público" (1). Astrológicamente, queda perfectamente explicado este extremo por la posición de la Luna (Ministerio Público) en la cúspide de la casa 12, siendo regente del MC (quién dirige) y hallándose a disposición de un más que subjetivo Mercurio.


Sin duda, esta ley no constituirá una iniciativa aislada, sino que previsiblemente será el prólogo de una serie de medidas legales centradas en combatir el creciente aumento de delincuencia juvenil con una nueva filosofía menos coercitiva, entendiendo seguramente que los modelos sociales han cambiado y conviene renovar algunos planteamientos que en la actualidad se muestran ineficaces. La nueva ley sacará a los menores entre 14 y 16 años de los reformatorios y pretende propiciar una nueva dinámica de actuación, sobre todo para evitar que los jóvenes que pisan una prisión antes de los 18 años, reincidan en la edad adulta, tal como ahora sucede en el 75% de los casos.


Esperemos que los tránsitos de Júpiter y el inminente de Saturno en el juvenil signo de Géminis (signo de la adolescencia) abonen esta coyuntura, al igual que lo hicieron hace unos años, concretamente en 1943, cuando se estableció por ley la mayoría de edad a los 21 años, también bajo el tránsito de Saturno/Géminis, en aquella ocasión apoyado por el sextil de Júpiter/Leo.


En cualquier caso, apuesto más por este tipo de medidas, se consideren suaves o no, que, por ejemplo, por las que en febrero del año pasado se han puesto en práctica en Inglaterra, en donde se pretende controlar la violencia juvenil con toques de queda, encerrando a los chavales, la mayoria entre 14 y 15 años, 12 horas al día en sus casas o colocándoles pulseras electrónicas a modo de grilletes sofisticados para tenerlos permanentemente controlados. Resulta, cuanto menos paradójico, fomentar medidas de aislamiento a una generación que tiene un índice de suicidios cinco veces superior a la que le precede. Una generación dura, en el peor sentido del término, que encuentra en nuestras sociedades en crisis el caldo de cultivo adecuado que propicia un sinnúmero de conductas antisociales.


LAS CONDUCTAS ANTISOCIALES


El carácter (Sol) es una costumbre (Luna) que dura mucho tiempo (Saturno). Aristófanes


Siempre que analizamos cualquier tipo de conducta humana y, sobre todo, aquellas que nos desorientan o que escapan a la lógica más elemental, surge la eterna pregunta, la permanente dicotomía entre la predestinación inherente a todo ser y la incidencia que ejerce el aprendizaje social. Estos valores han sido analizados desde diferentes enfoques, y se han elaborado múltiples teorías, sustentadas por autoridades de diversos campos del saber.


Desde la óptica astrológica, seguramente podríamos llegar a consensuar que el individuo, cuando se cuela en este mundo, en este espacio/tiempo en el que vivimos, por la puerta de la casa 4, ya trae un gran número de factores estructurales pre-determinados e impuestos por destino que, indefectiblemente, le van a marcar en numerosos ámbitos de su vida, tanto a nivel de carácter como de destino y que, con el tiempo, irá desarrollando e incorporando experiencias que reorganizarán aquel bagaje inicial y le darán una finalidad. Determinar el grado de incidencia de esos factores estructurales incontrolables, en relación a aquellos en los que el individuo posee cierto grado de autonomía y, por tanto, de decisión personal, es tarea ardua y susceptible de múltiples interpretaciones y posicionamientos. Es el eterno debate que tantos ríos ha hecho verter, y no sólo de tinta.


La astrología, en este sentido, puede aportar claves para entender los mecanismos internos de cualquier tipo de conducta, incluso sin la obligada participación del individuo implicado, como exigen otras disciplinas. Pero, aunque llegáramos a desarrollar un genuino virtuosismo, una maestría artística en la interpretación astrológica, siempre nos quedarían lagunas y puntos oscuros difíciles de dilucidar en una carta natal, porque el ser humano, afortunadamente, es inabarcable y escapa a un control o previsión totales. Esta premisa, aunque parezca un escollo insalvable, no debe desalentarnos en la búsqueda de los resortes internos que todo acto humano, de una u otra manera expresa. En realidad, se trata simplemente de partir de una proposición básica: ni todo está totalmente determinado ni todo depende del individuo o puede ser cambiado por él en un acto de suprema voluntad.


Realmente, la astrología puede dar respuestas y explicaciones que permitan conocer la idiosincrasia de un individuo; pero esto no dejará de ser más que un modelo estático aproximativo, por muchas técnicas sofisticadas que utilicemos para intentar acceder a la realidad última. Verdaderamente, sólo llegaremos a conocer a alguien cuando éste se encuentre en una experiencia o situación límite, cuando se halle inmerso en un acontecer que exija una respuesta inmediata; aquí es, verdaderamente, cuando el individuo se mostrará como es, ahí saldrá su esencia, su auténtico carácter; mientras tanto, en el resto de circunstancias de la vida cotidiana, usualmente mantendrá sus constantes vitales de apariencia y de conveniencia, en ese conjunto de formas que, a modo de metabolismo basal astrológico, le permitan mantenerse y subsistir dentro de su marco de realidad.


La astrología, como todo conocimiento sublime, nos impele a dudar de la apariencia, invitándonos a buscar la esencia de toda realidad y, paradójica y simultáneamente, nos indica que la apariencia siempre expresa la esencia. Es el pez que se muerde la cola sin solución de continuidad: el yo y las circunstancias, el pulso entre la realidad interna y la externa que todo existencia lleva incorporada desde el primer latido de vida, o incluso antes. O dicho de otra manera: nada es lo que parece; aunque lo que parece, se suele aproximar a lo que es.


El conocimiento astrológico, en definitiva, es el que nos va a guiar en el análisis y estudio de los eufemísticamente denominados "comportamientos antisociales", que no son más que un conjunto de actitudes violentas, agresivas y, en el extremo, homicidas; disposiciones que algunos individuos adoptan como consigna de vida.


Esta exposición se centrará en el ámbito de los psicópatas juveniles; esos muchachos (la mayoría son varones) que precozmente desarrollan rasgos y actitudes destructivas gratuitas, incomprensibles y sin aparente fundamento; talantes que nos hacen sospechar que la psicopatía es una forma de ser (Sol), más que de estar (Luna).


El término psicópata, sustituido cada vez más por el de "sociópata", "personalidad antisocial", o "hijópata", expresión popularizada por un famoso fiscal de la Audiencia de Barcelona/España, engloba una serie de factores caracteriales y de conducta que definen el comportamiento perverso, y muchas veces delictivo, de cierto tipo de individuos que les gusta vivir al límite y que no aprenden de la experiencia, ni experimentan remordimientos o vergüenza con lo que hacen; sujetos a los que les divierte engañar, confundir o ser desconsiderados con los demás y, lo que es peor: no valoran la vida, ni la propia ni la ajena, y por eso disfrutan haciendo sufrir o matando.


El DSM-III, famoso Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Sociedad Americana de Psiquiatría, describe 12 tipos de trastornos de la personalidad, considerando a la psicopatía como uno de ellos y describiéndola como un "rechazo inmotivado de las normas sociales, baja tolerancia a la frustración, ausencia de sentimientos hacia los demás, conducta inmodificable por el castigo y defecto de aprendizaje por la repetición de la experiencia".


Existen diversas teorías que intentan explicar la psicopatología (biológicas, intrapsíquicas, fenomenológicas y conductuales). Cada una de ellas desarrolla, clasifica e interpreta una parte de la realidad, pero ninguna da una respuesta categórica, y lo que es peor, ninguna ofrece estrategias para tratar la conducta antisocial. Los expertos no se ponen de acuerdo y discrepan abiertamente sobre esta cuestión. En el Congreso celebrado en Valencia en 1996 sobre "Biología y Sociología de la Violencia", la pregunta, a si un violento nace o se hace, quedó sin respuesta por falta de acuerdo entre biológos, psiquiatras, sociólogos y antropólogos, constatándose una vez más, en palabras del escritor Luis Racionero, que "la ciencia, que tanto ha logrado por el lado de la tecnología física, sea tan precaria en cuanto se acerca al fenómeno humano".


Repasemos, brevemente, las principales doctrinas sobre este asunto:


Conductual: la conducta antisocial obedece a algún desorden en la conducta adaptativa. El psicópata es un individuo enfermo, emergente de un núcleo familiar enfermo (2). Esta teoría tiene muchos detractores porque excluye a un gran número de psicópatas anónimos, adaptados a su medio, que no pueden ser analizados, entre otras cosas porque no han podido ser detenidos y encarcelados y, por otra parte, porque esta teoría descarta totalmente los factores psíquicos, biológicos o fenomenológicos.

Biológica: la violencia, como todos los comportamientos complejos del ser humano, es un proceso biológico que empieza y acaba en el cerebro, que es el que registra la huella de nuestras experiencias a través del lenguaje químico, en particular del circuirto que controla las emociones y nuestra respuesta al estrés. El córtex prefrontal aporta una información adicional a nuestras reacciones emocionales (3). Un individuo que sufra un accidente en el córtex prefrontal tiene un gran riesgo de convertirse en un criminal, un antisocial, un impulsivo o un violento, en tanto que puede desencadenársele una disfunción cerebral que altere la comunicación entre los dos hemisferios cerebrales.

Conocidas las teorías ortodoxas sobre la psicopatología, a continuación analizaremos los factores astrológicos más significativos, potenciales o recurrentes observados en los psicópatas; elementos que, como ya quedó dicho, sospechamos que tienen una base tanto caracterial, como circunstancial, en diferentes grados, según el individuo en cuestión.


El elemento agua, se suele presentar en el tema en forma de carencia, debilidad o inexpresividad, lo que induce al individuo a expresar sus emociones de forma mórbida y distorsionada, evitando o reprimiendo todo contenido de este género. Sabido es que la carencia de este elemento es la más difícil de paliar y que, en el límite, priva al sujeto de la capacidad de empatía, no sólo para entender o saber ponerse en el lugar de los demás, sino incluso para llegar a procesar cualquier experiencia de carácter emocional. El agua, en un sentido general, siempre actúa como suavizante y canalizadora de todo aquello que toca, por eso su ausencia, en mayor o menor grado, propicia rigidez. De aquí a la indiferencia, la crueldad y la humillación, a veces, sólo hay un paso.


Naturalmente, cuando un elemento se halla débil suele remarcar la fortaleza de otro/s y la imperiosa y natural expresión de los mismos. En este sentido, observamos que el agua débil unida a un fuego dominante nos daría una exaltación del yo, que tiende a humillar y a dominar a los demás (dictador); unida a una tierra fuerte, una ambición desmesurada y la búsqueda de logros tangibles y materiales al precio que sea (empresario sin escúpulos); unida al aire, la tendencia a imponer sus ideas de forma manipuladora y avasalladora (líder de secta, grupo o partido). En cualquier caso, siempre observamos la ausencia de consideración hacia los demás y la búsqueda de la satisfacción personal como meta prioritaria y exclusiva. El psicópata, al ser incapaz de procesar las emociones y carecer de afectos, también carece de celos: el psicópata nunca mata por amor y mucho menos, se suicida por esa causa (4). Su actuación, más bien, se fundamenta en el despecho y/o la venganza.


El psicópata suele tener una disociación entre la razón y la emoción, o dicho de otra manera, carece de inteligencia emocional en grado extremo: "carece de habilidad para manejar los sentimientos y emociones propias y los de las otras personas, de discriminar entre ellos y de utilizar esta información para guiar los pensamientos y acciones de uno mismo" (5).


El psicópata sabe lo que hace, aunque no lo siente. Le ocurre lo contrario que al psicótico, que es aquel individuo ininputable que ignora lo que hace porque ha perdido el contacto con la realidad (tiene delirios, alucinaciones, habla inconexa) y actua bajo la influencia de diversos estados alterados de conciencia (paranoia, psicosis maníaco-depresiva). El psicópata difiere en gran medida del psicótico, pero nada indica que en un mismo individuo no puedan coexistir ambas tendencias y que una sea la dominante, permanente o puntualmente, y encubra a la otra: la astrología también nos enseña que todo está en el todo y que son las proporciones y los grados los que definen cualquier manifestación y sus peculiaridades.


Concluyendo, el elemento dominante y la común distorsión del elemento agua nos darán la base temperamental en la que se mueve el psicópata. Los planetas, por su parte, sobre todo los personales, como gestores que son de la partitura celeste, definirán y perfilarán la orientación que toma dicha base y su forma de manifestarse más previsible, sobre todo cuando el individuo llegue, como ya se ha dicho, a una situación límite o incontrolable.


El Sol, como indicador máximo de la autoestima personal, en el caso de los psicópatas, suele estar magnificado en algún sentido y ser la génesis de un narcisismo recalcitrante, egocentrismo, soberbia, megalomanía, etc. El psicópata necesita ser admirado y se cree con derecho a todo, por eso no encaja bien en grandes estructuras ni admite recibir órdenes.

La Luna, como exponente primordial de los apegos y la memoria, suele mostrarse en su faz más prosaica e instintiva, careciendo, por otra parte, de las características de cohesión que le son propias, o estando éstas en su mínima expresión o desdibujadas.

Mercurio suele estar fuerte en los temas de psicópatas, por eso son locuaces, hábiles mentirosos, manipuladores y dotados de gran capacidad de convicción; características que aseguran pasar por un tipo encantador, acomodaticio y con carisma. Cuando Mercurio está fuerte, se tiende a relativizar, conceptualizar, ser práctico y no tener apegos.

Venus, el planeta a partir del cual podemos establecer relaciones de reciprocidad, que nos permitan alcanzar la paz interior y la integración en nuestro medio, cuando se halla inarmónico, puede manifiestar, no sólo la ausencia de dicha paz, que se convierte en envenenamiento y tortura permanentes (Venus es insistente), sino que, además, puede trabar la posibilidad de establecer relaciones de intercambio, en la medida de que se es incapaz de entender las motivaciones de los demás, o de ponerse en su lugar. Las relaciones que se mantienen, por tanto, siempre son por puro interés. Por otra parte, Venus representa el principio de placer, contrapuesto al de dolor, representado por Marte.

Marte, el representante de la actuación individualista, agresiva, impulsiva y reactiva, puede mostrar su talante más descontrolado e imprudente en la siempre novedosa búsqueda de la excitación límite y la satisfacción inmediata. Como es fácil deducir, Marte siempre estará en la base de toda conducta psicopática. El psicópata actúa y no suele pensar en los pros y contras de sus acciones ni, obviamente, en sus consecuencias. El Marte de un psicópata nunca dirá: "pienso, luego existo", más bien afirmará: "existo, luego ya pensaré". Esto, explicaría el por qué los psicópatas experimentan mucho menos miedo que los sujetos normales y que la mayoría de ellos sean hombres.

Júpiter, el cronocrator que junto con Saturno nos da la medida de la sociedad en la que nos movemos, es el planeta que más nos va a hablar del sentido moral y de los valores del individuo, de su sentido común, del uso de su grado de libertad y de sus necesidades de expansión a todo nivel. El psicópata tiene una visión especial de la libertad que, obviamente, usurpa e invade los derechos de los demás; en el extremo, incluso el más preciado derecho: el derecho a la vida.

Saturno, el planeta que marca los límites y las restricciones, siempre será un punto obligado de detención en el análisis de cualquier conducta psicopática, toda vez que siempre marca y define nuestras debilidades más manifiestas y nuestros puntos, digamos, de mayor frialdad. El psicópata es calculador, frío, racional e insensible; un sujeto que no soporta las restricciones y que no pierde contacto con la realidad, sabiendo siempre lo que hace y por qué. Saturno es la antítesis de la emoción, por tanto, cualquier emotividad que muestre siempre es sospechosa.

El planeta dominante del tema, finalmente, categorizará el perfil del psicópata y su modus operandi y aportará los datos más significativos para aproximarse al conocimiento de los impulsos que lo guían y motivan. El resto de factores de la carta natal estarán subordinados a las dominantes temperamentales y caracteriales.

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